"A través del espejo"

Me gusta esperar a que el vapor del agua caliente empañe el espejo, para después al afeitarme limpiarlo con mis manos mojadas. Pero esta vez al pasar la palma derecha noté algo extraño, el espejo parecía líquido, sin embargo no se diluía, pasé de nuevo y sentía como una membrana delgada pero no se rompía con facilidad. Empuñé y atravesé el cristal, yo esperaba cortarme con los vidrios pero no sucedió, metí el brazo completo y luego la cabeza, regresé asustado y me paré frente a él. Si iba a cruzar no sería desnudo, así que me puse rápido unos bóxers y una playera. Toqué con cuidado, pensando que quizá lo imaginé. Volví a atravesarlo sin problema y en segundos me encontraba del otro lado del espejo. Estaba oscuro, solo la luz que provenía del otro baño le iluminaba, me sentí como Alicia en el país de las maravillas, solo que este no era un baño idéntico con elementos a la inversa como en el libro, esta era una habitación rojiza con paredes metálicas gastadas, en el aire sentía las partículas colarse por mi nariz y molestarme. Tocando las paredes descubrí que estaba encerrado, no había ventanas ni puerta y el techo no se distinguía por la oscuridad. Vi que alguien estaba viendo en el espejo, un hombre canoso, con piel amarillenta y llena de lunares color marrón. Intenté regresar pero ahora el cristal estaba sólido, grité pero no se produjo sonido alguno. El hombre lloraba desconsolado, y sus ojos me eran familiares. Tenía la misma cicatriz que yo en la mejilla, di golpes hasta que mis nudillos sangraron. El golpeó también, el espejo se estrelló, luego se quebró, la luz desapareció y yo me quedé encerrado en ese cuarto metálico.


"El césped de noche"

Era una noche fría, necesitaba despejar mi mente así que tomé mi balón de fútbol y me dirigí a la cancha del parque ubicado a unas cuadras de mi casa. Aún sentía el dolor en mi mejilla del golpe que me propinó Carlos con la puerta del refrigerador por no fijarse. No estaba enojado, no lo hizo a propósito, pero me dolía. Llevaba mi short y una chamarra amarilla para protegerme del frío pero quizá no fue suficiente, podía ver cómo mi aliento tomaba forma al salir de mi boca. La única opción para calentarme era jugar, el frío hizo que el balón se sintiera como una roca al dominarlo. Me harté y me recosté, el pasto estaba húmedo, pero esa frescura no me molestó. Sentí que el piso retumbaba, como si se acercara una enorme criatura a pasos agigantados. Cerré los ojos y respiré hondo. Los pasos eran cada vez más cercanos, me senté, el balón se movió hacia el centro del campo. Mi nariz se estaba congestionando cuando vi que entre los arboles salir una parvada de cuervos. Me quise proteger cubriendo mi cara con el brazo derecho y al quitarlo el cielo estaba despejado, estrellado y los temblores habían terminado. Tomé el balón y a punto de salir del campo sentí que una mano tomó mi pierna derecha y resbalé. Un monstruo con aspecto espantapájaros me arrastró, con mi otra pierna traté de defenderme pero era inútil. Grité. Carlos llegó con una pala y de un golpe rompió el cráneo del captor. Al acercarnos sus uñas eran enormes y podridas, se convulsionó hasta que a la sombra de la noche se transformó en un ciento de ratas que corrieron a rumbos diferentes. Carlos me acercó la pelota y comenzamos a jugar, al son del silencio.


"El elevador"

Llegué al elevador y decidí hacer mi obra buena del día, mantuve la puerta abierta y esperé a que ingresara una chica delgada, pálida y de cabello largo. Pulsé el piso 22 y ella el 15, estábamos en la planta baja. No moví la vista del punto en donde se unen las puertas, pero un sonido a manera de murmullo me hizo voltear hacia ella, ubicada a mi derecha. De entre su cabellera vi salir insectos, pero su aspecto no lo reconocí, eran negros, con una decena de pequeñas patas, de cuerpo ovalado y un poco regordetes. Salían corriendo pero ella parecía no percatarse de ellos, me dieron tantas ansias que empecé a sacudir mi cabeza y tocarme el cuello, pensando que habían brincado hacia mí. En el piso 5 subió un hombre, tan alto que creí que se golpearía con el marco del elevador o con la lámpara en el interior. Él se puso al centro, volteó a la derecha y vio a la chica, con su enorme mano tomó uno de los insectos sin mutarse y lo mordió. El crujir al masticarlos me erizó la piel, comencé a tronarme los dedos de los nervios, respiré hondo y dije “lento el elevador, ¿no?”. Ella me miró a los ojos, era tan hermosa que quitaba la respiración, sus ojos grandes eran hipnóticos, pero el efecto se cortó con la decena de insectos que paseaban por su rostro y se ocultaban en el cabello. En el piso 13 bajó el hombre alto, yo di un paso a la izquierda alejándome más de ella. Pero puso su mano sobre mi hombro, un insecto recorrió y entró a mi oído, ella bajó en su piso. Estrellé mi cabeza contra el elevador intentando sacar el insecto y cuando sucedió lo pisé varias veces. La puerta se abrió en el piso 20, un tipo entró y lo primero que hizo fue golpearme en la cara, al verlo de nuevo, en su mano tenía aplastado uno de los insectos, me ayudó a levantarme y se limpió en el pantalón. A punto de llorar del susto le agradecí y salí. Desde entonces solo uso las escaleras.


"Que te quiten el aliento"

¿Alguna vez te has preguntado por qué una persona desconocida tiene el poder para hacerte temblar las piernas, quitarte el aliento o el habla? Llegas con seguridad a la escuela o al trabajo, das pasos firmes y tienes una postura perfecta, con la intención de arrasar con el día y hacerlo productivo. Pero no contaba con ese ser que te hace caminar fuera de ritmo, te encorva y te distrae. Lo peor del caso es cuando aquella persona ni siquiera se da cuenta las reacciones que te provoca. A lo largo de mi vida han desfilado muchos así, y siendo alguien retraído dichas sensaciones se potencian. Finalizando el último reporte del mes, la contabilidad de la oficina está en mis manos, un error y habrá que empezar de nuevo el trabajo de tres días, hasta teclear me pone tenso. Y de repente llega aquel ser divino, un ángel terrenal, para echarlo a perder. Ni siquiera me habla a mí, pide un memorándum a mi compañero al lado, y con sólo mirar de reojo parece que he visto el sol, me quedo encandilado y la pantalla de la computadora se comprime. El sudor de mi frente por el nerviosismo cae gota a gota en el teclado y saca chispas al introducirse entre los circuitos, no puedo salivar, siento que mastico a un jabalí crudo, nunca he masticado uno pero imagino debe ser complicado. Cada una de las computadoras de la oficina explotan dejando el lugar sofocado por el humo que desprenden, la mía parece intacta, las lámparas del techo alumbran intermitentemente a punto de fundirse. El tamborileo de mis dedos en el escritorio suena como una manada de elefantes en el repentino silencio. El objeto de atención me mira y con rostro asustando me dice, “hola”, yo intento responder pero mis labios parecen tener un cierre trabado que no me deja despegarlos. Una pequeña grieta en el techo, al fondo de la oficina, corre velozmente hasta atravesar al otro lado, y pequeños fragmentos de pared comienzan a caer. El grito desconsolado de una chica se escucha y todos corren para salvarse, yo me quedo inmóvil. Hasta que tomo fuerzas y respondo “hola”, y un manotazo en la cabeza me despierta, uno de mis amigos va a servirse su café y me dice “se te van a caer los ojos”, mientras observo a la razón de mis temblores alejarse otra vez.


"El doble"

¿No te ha pasado que cuando dos hombres en el lugar de trabajo por accidente usan el mismo atuendo, es motivo de risa y broma? Y si las personalidades son nobles incluso pueden llegar a platicar y convertirse en amigos. Este día yo llevaba una camisa gris de manga larga y un pantalón negro de mezclilla, un compañero de la oficina aledaña también. Nos vimos en el elevador, quisimos disimular pero las carcajadas rompieron el hielo y el silencio. Nos saludamos de mano y nos presentamos. Fue positivo que ambos reaccionáramos así porque nos esperaba un largo trayecto hasta nuestros cubículos. Sin embargo al subir los pisos puse atención en algo, me acomodé la corbata y el otro tipo lo hizo al mismo tiempo, sonreí y él también, subí un brazo y lo imitó, me estaba copiando desde que entramos al elevador y no me di cuenta. Me acomodé el cabello y lo copió, lo vi a los ojos y no se detuvo, quise verificar que mi mente no me estuviera jugando una treta, así que le di un golpe en el rostro, me dolió la mano, su boca sangró, y la mía también, me punzaba del dolor. No habíamos cruzado una palabra y quise romper con ello, “¿qué te pasa?” se escuchó en stereo cuando las puertas se abrieron. Salimos y caminamos al unísono, vimos nuestras credenciales y eran diferentes, alguno de los dos estaba bromeando con todo esto, ¿era yo?, pero ¿por qué me dolió el golpe? Me detuve, di un golpe a la pared con la otra mano, tan fuerte que sentí cómo se quebraban los huesos, él también sufrió. Todo era tan extraño que decidimos mantener silencio por unos momentos, de pie en medio del largo pasillo que daba a las puertas de nuestras oficinas. Probablemente la ropa era la solución, era lo que compartíamos, así que decidí despojarme de ella. Para mi mala suerte nada cambió, y empeoró cuando nuestros respectivos jefes pasaron frente a nosotros mientras nos vestíamos de nuevo. Llevamos más de dos días sin salir de la oficina, un vidrio nos divide y nos podemos ver las caras, no hemos comido ni dormido, la única manera de cortar con ello parece ser terminar de tajo pero ninguno de los dos se atreve.


"Los sabores de la vida"

La gente sabe que cuando llego a la paletería casi siempre pido una nieve de chocolate, sin embargo pocos saben que también tengo gusto por el sabor vainilla. Debo admitirlo, el sabor chocolate es mi prioridad, sin embargo, siempre en el fondo sabía que no era el único. Lo complicado es que no todos comprenden esto, para muchos debes llegar con el encargado y pedir un solo sabor siempre, debes ser constante, sino la abuelita que te acompaña te da un golpe con su bolsa para “enderezarte” el camino. “Hijo, no puedes estar a la mitad, o es un sabor o es el otro, eso de que te gusten los dos es una payasada, es cosa de indecisos”, y no tengo otra opción que guardar silencio y disfrutar el postre sin renegar. La entiendo, muchos piensan así, que uno está indeciso, que es una broma, una treta o lo haces para llamar la atención, o en otro caso, se van al extremo, que te comes los dos sabores al mismo tiempo, todo el tiempo. Creo que nuestras papilas gustativas son demasiado complejas para tener una respuesta en blanco y negro, pero el colectivo social no piensa así. No entiendo, es solo un sabor de helado, no debería importar, hay cosas en la vida que son más trascendentales. Es que algunos solo están viendo lo que hace el prójimo y cuando algo no les gusta, o no lo entiendan, aunque no les perjudique, tienen que dar lata. Yo nunca he tenido problema al respecto, hasta hace unos años que me di cuenta que en definitiva también me gustaba el sabor vainilla, que quizá en algún momento de la vida compraría un bote de esos enormes para comerlo viendo mi película favorita. Vainilla, Chocolate, qué más da, si lo importante es disfrutar y saborear lo que te ofrece la vida, esa helada sensación de sabor indescriptible. Aunque, siendo honesto, a final de cuenta a veces ni un sabor ni el otro, no tienes ganas de postre y prefieres omitirlo.


CARRETERA

Ya eran dos horas en carretera y no habíamos pronunciado una palabra, no fue buena idea discutir sobre una tontería. Mis intentos por hacer reír a mi novio durante el viaje al sur del país que planeamos desde hace meses no estaban funcionando. Intenté poner música pero su expresión me bastó para siquiera tocar el estéreo. Y sucedió lo que faltaba, llegando la noche, en medio de la nada, una llanta se ponchó. Él es mecánico así que no habría problema, si es que no hubiéramos olvidado la llanta de refacción. Al abrir la cajuela su expresión se tornó más seria, dije: “yo fui el encargado de las reservaciones, no del…”, ni siquiera terminé la frase. Su preocupación era que la noche se acercaba y debía contenerlo. Oh cierto, no lo había compartido, salgo con un hombre lobo. No había señal en el celular y parece que estábamos en medio de la nada. Eso no era un signo positivo en lo absoluto, ni siquiera arboles había cerca, mucho menos fauna, y la única pieza de alimento disponible después de su transformación sería yo. Se me ocurrió encerrarme en el auto, hasta el seguro puse, no sé para qué. Él se alejó lo mayor posible. La noche llegó, la luna apareció, llena, tan grande como nunca la vi. Puse algo de música en el celular, los audífonos y traté de dormir. El auto tambaleándose fue lo que me despertó horas después, el licántropo intentaba romper la ventana, era un ser enorme. Alguna vez lo vi transformarse, pero no me aterré como ahora. Bastaron segundos para que rompiera el cristal, yo salí corriendo y le vi frente a frente, puse mi mano derecha tratando de detenerlo y la mordió, dolió hasta el llanto. Di una patada al hocico y me soltó, corrí unos metros y resbalé. Escuché su gruñir en la oscuridad, que se desvanecía mientras se alejaba. Pasé la noche en vela, congelándome, deteniendo la hemorragia con un trozo de mi playera. Al amanecer un buen samaritano me recogió. Horas después un mensaje llegó a mi celular, “Lo siento”, me escribió y jamás lo he visto de nuevo.


LA SONRISA

¿Alguna vez le ha pasado? Camina por la calle tranquilo, a punto de encontrarse con los amigos y en un local, al que había pasado muchas veces anteriormente, ese día observa alguien trabajando ahí, que le quita el aliento. El físico está por demás, es su sonrisa lo que ilumina y encandila la vista, parece que todo se detiene alrededor cuando ese gesto, aunque no vaya dirigido hacia usted, aparece en aquel rostro. Le desarma. A mí me pasó desde hace unos meses, el impacto es tal, que al verlo sonreír, mi cuerpo parece convertirse en gelatina y si por alguna razón se acerca a nosotros, la respiración se acelera y mi rostro, en vez de emitir una sonrisa de respuesta, se queda quieto, como paralizado, los músculos se tensan y ninguna expresión se acomoda. Cruzar una palabra se convierte en una proeza que quizá nunca logre, y es que a esto hay que agregar mis inseguridades, que salen a flote, los miedos. “Ni siquiera sabe de mi existencia”, “No creo que le guste”, son frases con las cuales mi cerebro bombardea durante unos segundos. A esto se agrega mi interés por respetar a ese individuo y no cruzar líneas que no me corresponden. Y también, las experiencias personales que crearon un patrón, donde mi mente piensa que a cada tipo al que observo, se puede enojar por mi atención y golpearme. Sólo pasó una vez en mis años escolares, y fue suficiente para minar mi seguridad, de por sí complicada por una personalidad introvertida. No estoy enamorado, sería tonto pensar eso, pocas veces he escuchado su voz, y yo jamás le he compartido una palabra. Tal vez algún día me atreva a decir siquiera un “hola”, o no. Quizá él nunca se entere de esto, que su sonrisa provoca un buen día en alguien más, o quizá al saberlo, le sonría a todos, todo el tiempo, eso sería muy agradable.


HOPE FOR THE FUTURE

This is not one of my fictions stories, it´s just that twitter is not long enough for writting this. My nephew with almost 7 years, in class, when asked to bring their favorite toy, chose to present one of his My Little Pony plush toys. Of course some of his colleagues began to mock him, and all he did was tell them that the sex of a person is not defined for the pleasure you have for a cartoon or a toy, that it is indistinct. Gave the example that her mother saw Dragon Ball and she didn´t became a boy, and asked “Does anyone of you have played the tea (or fake dinner) with your sisters?” And a child raised his hand and said he did, “And you are not a girl or became one, right?” He closed by saying that indeed, sexual orientation comes from birth. I know it’s not the only kid out there who thinks and defendes himself as well, we seem to have secured a better future in the world.


ESPERANZA EN EL FUTURO

Esta no es una de mis ficciones jaladas, solo que no alcanzo a escribir todo en twitter. Mi sobrino de casi 7 años, en clase, cuando les pidieron llevar su juguete favorito, eligió presentar uno de sus peluches de My Little Pony. Por supuesto que algunos de sus compañeros comenzaron a burlarse de él, y lo único que hizo fue decirles que el sexo de una persona no se define por el gusto que tengas por una caricatura o un juguete o por que jueges a la comidita, que eso es indistinto. Puso de ejemplo que su mamá veía Dragon Ball y no por eso es un niño, y les preguntó “¿alguien de ustedes ha jugado a la comidita con sus hermanas?”, y un niño levantó la mano, y le dijo “¿verdad que no eres niña?” Y cerró diciendo que efectivamente, la orientación sexual viene de nacimiento. Sé que no es el único niño que piensa y se defiende así,  parece que tenemos asegurado un mejor futuro en el mundo.