LA SONRISA

¿Alguna vez le ha pasado? Camina por la calle tranquilo, a punto de encontrarse con los amigos y en un local, al que había pasado muchas veces anteriormente, ese día observa alguien trabajando ahí, que le quita el aliento. El físico está por demás, es su sonrisa lo que ilumina y encandila la vista, parece que todo se detiene alrededor cuando ese gesto, aunque no vaya dirigido hacia usted, aparece en aquel rostro. Le desarma. A mí me pasó desde hace unos meses, el impacto es tal, que al verlo sonreír, mi cuerpo parece convertirse en gelatina y si por alguna razón se acerca a nosotros, la respiración se acelera y mi rostro, en vez de emitir una sonrisa de respuesta, se queda quieto, como paralizado, los músculos se tensan y ninguna expresión se acomoda. Cruzar una palabra se convierte en una proeza que quizá nunca logre, y es que a esto hay que agregar mis inseguridades, que salen a flote, los miedos. “Ni siquiera sabe de mi existencia”, “No creo que le guste”, son frases con las cuales mi cerebro bombardea durante unos segundos. A esto se agrega mi interés por respetar a ese individuo y no cruzar líneas que no me corresponden. Y también, las experiencias personales que crearon un patrón, donde mi mente piensa que a cada tipo al que observo, se puede enojar por mi atención y golpearme. Sólo pasó una vez en mis años escolares, y fue suficiente para minar mi seguridad, de por sí complicada por una personalidad introvertida. No estoy enamorado, sería tonto pensar eso, pocas veces he escuchado su voz, y yo jamás le he compartido una palabra. Tal vez algún día me atreva a decir siquiera un “hola”, o no. Quizá él nunca se entere de esto, que su sonrisa provoca un buen día en alguien más, o quizá al saberlo, le sonría a todos, todo el tiempo, eso sería muy agradable.


HOPE FOR THE FUTURE

This is not one of my fictions stories, it´s just that twitter is not long enough for writting this. My nephew with almost 7 years, in class, when asked to bring their favorite toy, chose to present one of his My Little Pony plush toys. Of course some of his colleagues began to mock him, and all he did was tell them that the sex of a person is not defined for the pleasure you have for a cartoon or a toy, that it is indistinct. Gave the example that her mother saw Dragon Ball and she didn´t became a boy, and asked “Does anyone of you have played the tea (or fake dinner) with your sisters?” And a child raised his hand and said he did, “And you are not a girl or became one, right?” He closed by saying that indeed, sexual orientation comes from birth. I know it’s not the only kid out there who thinks and defendes himself as well, we seem to have secured a better future in the world.


ESPERANZA EN EL FUTURO

Esta no es una de mis ficciones jaladas, solo que no alcanzo a escribir todo en twitter. Mi sobrino de casi 7 años, en clase, cuando les pidieron llevar su juguete favorito, eligió presentar uno de sus peluches de My Little Pony. Por supuesto que algunos de sus compañeros comenzaron a burlarse de él, y lo único que hizo fue decirles que el sexo de una persona no se define por el gusto que tengas por una caricatura o un juguete o por que jueges a la comidita, que eso es indistinto. Puso de ejemplo que su mamá veía Dragon Ball y no por eso es un niño, y les preguntó “¿alguien de ustedes ha jugado a la comidita con sus hermanas?”, y un niño levantó la mano, y le dijo “¿verdad que no eres niña?” Y cerró diciendo que efectivamente, la orientación sexual viene de nacimiento. Sé que no es el único niño que piensa y se defiende así,  parece que tenemos asegurado un mejor futuro en el mundo.


EL ASALTO

Cómo se me antojaban unas gomitas con forma de osito, desde niño eran mis favoritas y últimamente me renació el gusto por esa golosina. Entré a una tienda de franquicia en la esquina, tomé mi paquete y me dirigí a la caja, había alguien adelante de mí con una sudadera gris tapándose la cabeza con el gorro, tenía una de sus manos metida en el bolsillo que sacó de inmediato con una pistola. Mi primera reacción fue caerme al suelo, al igual que las otras tres personas que estaban en la tienda, una de ellas aventó el vaso lleno de café. La cajera estaba helada, inexpresiva, me asomé un poco y el asaltante era un adolescente, quizá tenía la misma edad que el hermano menor de mi novio, eso me trastornó un poco, pobre chico echando a perder su vida. Temblaba la mano con la cual sostenía su pistola, sobre todo porque la cajera no se movía, no le entregaba el dinero, sólo le miraba fijamente. Marqué de mi celular el número de emergencia de manera discreta, el chico estaba demasiado ocupado, tanto que la señora del café salió gateando del establecimiento. La cajera puso las manos en el mostrador y el triplay con que estaba cubierto se comenzó a ampollar, como si le hubieran calentado de repente a máxima temperatura. La chica cerró los ojos y al abrirlos estaban rojos cubriendo más allá de las pupilas, como si estuvieran rayados. El muchacho tiró la pistola al piso, al mismo tiempo que orinaba sus pantalones de mezclilla, alcancé el arma y me di cuenta que era un juguete. Un crujido se escuchó, me asomé y la chica estaba moviendo su cuello, el tronar era espeluznante. Un grito estremecedor salió de su boca y en segundos el pobre asaltante se combustionó y desapareció, solo unas cuantas cenizas cayeron al piso. Me levanté, y al caminar rumbo a la puerta le escuché decir a la cajera: “las gomitas”, corrí a la caja, le pagué y hasta propina le dejé.


ACORRALADOS

Por más de un año nos habíamos visto la cara en el gimnasio, pero jamás habíamos cruzado palabra, alguna vez quise cortar el hielo, sin embargo por temor a malos entendidos mantuve distancia. La situación se volvió extrema ese día, una bestia que acechaba la ciudad estaba justo afuera de la cafetería donde descansábamos después de unas horas de ejercicio, estábamos escondidos en el establecimiento junto a una mesera y el encargado. Puse mis audífonos para sintonizar las noticias, el compañero se acercó y me pidió uno de los auriculares para escuchar también. La bestia comenzó su ruta del terror desde la madrugada, aún se desconocía su origen, la policía trataba de controlar la situación, la gente estaba histérica, decía el presentador con voz espantada. Los pasos del monstruo retumbaban las mesas de cristal del café. La mesera y el encargado estaban sentados en un rincón llorando. Pronto los sonidos cesaron, me levanté y caminé hacia los ventanales, el compañero de ejercicio me siguió muy de cerca, incluso puso su mano sobre mi hombro. La calle estaba destruida, los autos aplastados, desierta, caminamos un poco más para ver a los alrededores y con agilidad el monstruo se postró justo enfrente, solo la espesa ventana de vidrio nos separaba. Medía más de dos metros, corpulento, con vello por todas partes como si fuera un yeti, oscuro y brillante como un cuervo, con colmillos como dientes y una boca enorme, ojos y nariz pequeños. Nos quedamos quietos, sin respirar. El celular del compañero sonó, el monstruo lanzó un grito que estrelló el vidrio pero no lo rompió. El amigo sacó su celular, se notaba en el contacto la foto de su novia, su mano me apretaba el hombro a punto de darme calambres. Si mi amor, luego te llamo, le dijo y colgó. Corrí hacia el mostrador, el tipo se quedó congelado. Regresé por él, nos ocultamos. Escuchamos el cristal romperse cuando lo atravesó la bestia. Percibimos el sonido de su respiración pesada. Una serie de detonantes, como una lluvia eléctrica se escuchó, al termino nos levantamos, la policía había contenido al engendro. El tipo me miró, me abrazó y lloró, su pantalón estaba mojado, pero no quise avergonzarlo. Seis meses después estoy en una iglesia, soy el padrino en su boda, ahora soy su mejor amigo y platicamos al vernos en el gimnasio. 


EL DÍA DESPUÉS

Un silencio casi ensordecedor me despertó, el departamento estaba hecho un desorden, supuse que era de madrugada porque ni siquiera se escuchaban vehículos transitando en la calle. La caja de pizza estaba en la mesa, sólo quedaba una rebanada, la puse en el microondas y fui a ver por la ventana. Al abrir las pesadas cortinas me di cuenta que ya era de día, lo que más me sorprendió fue ver la calle destruida, quizá son las reparaciones de calles que ha hecho el gobierno por toda la ciudad, y será que estaba demasiado cansado para escuchar las máquinas trabajando. Aunque ninguna de ellas estaba cerca, sólo se veían los escombros. La alarma del microondas me asustó, me vestí con lo primero que encontré, tomé en mis manos la rebanada caliente, mis llaves y salí intrigado. La puerta y las ventanas de la planta baja del edificio estaban destrozadas, al igual que el resto de los inmuebles en toda la cuadra, las calles agrietadas como si hubiese salido un monstruo desde las entrañas. Y no había señales de otro ser humano, o ser vivo. Sé que tengo el sueño pesado pero esto es una locura. Caminé varias cuadras hasta llegar a una tienda de abarrotes, toda destrozada y con pocos víveres. Di otro mordisco a mi rebanada y percibí a lo lejos a alguien más. Un tipo alto y moreno, me miró fijamente y luego me sonrió, no sé si me estaba ligando o quería lo que me quedaba de pizza, pero no tenía humor para cualquiera de las opciones. En instantes corrió hacia mí y no quise averiguar, escapé mientras devoraba el último bocado. Era complicado correr entre los escombros pero llegué a casa. Subí hasta el techo del edificio de departamentos y descubrí el daño masivo en toda la ciudad. El fin del mundo sucedió y me quedé dormido.


Ladridos

Estábamos esperando que el semáforo se pusiera en siga, llevaba a pasear a mi perro con una correa nueva. No me veía muy glamoroso con mi bolsa de plástico en la mano, llevaba mi pantalón deportivo, que regularmente se confunde con una pijama, una playera negra y una gorra azul marino con el logo de los Yankees, porque no me peiné. Mi mascota es un schnauzer de color gris claro, tengo la tarea de llevarlo a pasear todos los días por la mañana para que se acostumbre a la gente y el sonido de los autos. Pasa demasiado tiempo encerrado. Siete de la mañana y lo único que tengo en mi mente es un plato grande de cereal. El ladrido del perro es el que me despabila y me doy cuenta que ya podemos atravesar la calle. Al llegar a dos cuadras de casa comenzó a ladrar sin parar, y forzaba la correa. Sin embargo pasamos la esquina del hogar y no se detenía, intentaba detenerlo pero se volvió más fuerte y me arrastraba. Comenzó a ladrar, lo que llamó la atención de otros transeúntes, yo les sonreía incomodo, confuso. Por poco tropezamos con una anciana, un niño se echó a llorar cuando pasamos a su lado y un auto se detuvo de golpe cuando cruzamos sin poner atención. De repente se detuvo, casi temeroso, dio la vuelta a la esquina, no conocía esas casas, caminamos un paso, se abrió la puerta de un inmueble y salió un amigo que hace años no veía, un viejo amor, mejor dicho, un recuerdo agradable, muy agradable. Mi perro se detuvo, dio vueltas en su lugar y se echó a descansar, mientras comencé a escribir otra página de mi historia, que anticipa un final feliz.


MINIMA VELOCIDAD

Manejaba tranquilo, la ciudad estaba despejada como una de esas películas de zombis donde el protagonista despierta como el único sobreviviente. Ni siquiera había algún limpia vidrios en la esquina. Seguí mi ruta al trabajo por unos semáforos más hasta que vi de lejos llegar a un hombre delgado, rubio, con un poco de acné en el rostro y esas partes le enrojecían la piel. Lo vi por el retrovisor, estaba asustado y al llegar a mi auto, abrió la puerta y se metió.

Me congeló la sangre pensar que me iba a asaltar, había quitado el seguro porque di un aventón a mi padre. Observé por el retrovisor y nadie lo seguía, lo que me aterró más. Se quedó en silencio, mirando al frente, el semáforo se puso en verde y de manera automática seguí el camino. Me quedé mudo, el tipo no parecía peligroso, tampoco le estaban siguiendo, ¿cuál era su asunto? “Gracias”, dijo de manera seca y por primera vez en esos minutos que parecieron horas me miró. Sonreí a medias, tenía mi celular en la bolsa del pantalón así que era complicado sacarlo sin evidenciarlo.  “Voy hacia la Minerva”, le dije, y soltó una carcajada, por temor seguí la corriente y reí como hiena, aunque estaba a punto de orinarme los pantalones. “El tipo es delgado, casi flaco, claro que puedo con él”, pensé en mis adentros.

Él usaba una playera azul, le quedaba un poco grande, mientras que las axilas mojadas de mi camisa blanca y limpia ya denotaban mis nervios. Puso su mano en la palanca de velocidades, encima de la mía y bajó la velocidad. Sus manos estaban heladas. Frené de repente, no había más autos alrededor así que era seguro. Las marcas de acné de su rostro se volvieron azules, el auto comenzó a enfriarse y no había tocado el calefactor. Comencé a toser, mi respiración se cortaba. El tipo me miró, sus ojos eran negras pupilas gigantes. “¿Cuál es tu nombre?” le dije, tronó sus huesos del cuello y salió. Tardé un poco en regresar a la temperatura ambiente, puse el seguro y seguí mi trayecto, ahora con tráfico, pero en ningún momento aceleré la velocidad.


FUE EN UN CAFE

De noche platicaba en un café con un par de amigos. Estaba nervioso, el mesero que nos atendió era lindo y mi corazón quedó flechado, intenté sonreírle pero fue en vano. No me notó o me equivoqué. Sin embargo, al entregarnos la cuenta incluyeron el pequeño cuestionario de servicio. Al llegar a la pregunta sobre el mesero, decidí escribir, con el lápiz gastado que me prestaron, “está guapo”. Pon tu número, por lo menos tu perfil en Internet, me sugirió alguien, pero no hice caso. Respiré hondo, cerré los ojos. Y al abrirlos aún había luz de sol, mis amigos reían como si nada, el mesero se acercó y nos preguntó que íbamos a ordenar. Espera, ¿dónde está la taza con el té caliente que pedí? Mis compañeros pidieron lo mismo que hace rato, el mesero me vio a los ojos y me quedé mudo. Un té, gracias, dijo uno de ellos salvándome de la vergüenza. ¿Acaso soñé el encuentro? ¿O regresé en el tiempo? Llevaron la cuenta y decidí esta vez arriesgarme. Puse mi nombre y teléfono. Y justo cuando se lo llevó comencé a sudar. No debí hacerlo, ni siquiera me dio una señal, me froté los ojos para secarme el sudor nervioso, los abrí, y otra vez comenzaba la tarde. Me estoy volviendo loco. Quizá estoy regresando en el tiempo para hacer las cosas bien. El mesero sonrió y antes de traernos la cuenta pregunté su nombre. No lo recuerdo. Cerré los ojos y regresé una vez más. Todo fluyó como la primera, vi cómo sonreía al despedirnos, como a todos los clientes. Y tuve el impulso de voltear atrás. Terminaron los viajes, la única opción de volver a verle es regresar a ese café uno de estos días.


PARA KURT

Este año Nirvana será uno de los inducidos al Salón de la Fama del Rock and Roll, y como excusa quiero compartir algo sobre la agrupación. Sonará a cliché, pero siendo muy joven al momento de su muerte, la noticia me afecta aún en estos días. Siempre fui un chico muy reservado, pocos amigos desde la infancia, el temor a relacionarme con los demás fue un problema que mis compañeros se encargaron de remarcar, sujeto de burlas y alguno que otro golpe. Nirvana jugó un papel importante en mi desarrollo. Recuerdo bien ese día, regresaba a casa de la escuela, fui recibido con el mismo cuestionario de siempre, ¿te dijo algo el maestro? ¿Cuándo habrá otra junta de padres?, respondí seco, breve. Llegué al sillón, me arremangué la playera de Metallica que usé ese día, tomé el control de la televisión mientras rascaba un poco los residuos de esmalte negro de uno de mis dedos y puse MTV. De repente se interrumpió la programación, la noticia de la muerte de Kurt Cobain fue confirmada, el VJ Alfredo Lewin recordaba al músico por medio de su entrevista, yo quedé inmóvil. Es triste recordar que por aquellos días me importaba más un astro del rock que cualquier mortal a mí alrededor. Al paso de los años desarrollé mis habilidades interpersonales y ahora cuento con gente cercana por la que daría la vida. Pero en ese momento, aquel personaje que me daba ánimos de no abandonar este mundo, se había ido. Al paso de los años le he valorado más al descubrir entrevistas que muestran un ser humano hermoso. Su música me hace sonreír, pero su recuerdo me sigue poniendo un nudo en la garganta.